Aunque sabemos de los efectos nocivos para la salud que tienen ciertas meriendas, las cuales se distinguen por ser ricas en grasas y azúcar, aun así las anhelamos.

Científicos del Instituto Max Planck para la Investigación del Metabolismo han encontrado una explicación para esto: los alimentos que son ricos tanto en grasas como en carbohidratos tienen una influencia particularmente fuerte en el sistema de recompensa en nuestros cerebros.

Tanto los alimentos grasos como los ricos en carbohidratos, activan el sistema de recompensa en el cerebro, aunque a través de diferentes vías de señalización. No obstante, cuando los carbohidratos y las grasas se combinan, este efecto se intensifica.

En la naturaleza, no hay alimentos que contengan una alta proporción de grasas e hidratos de carbono combinados: o son ricos en grasas, como en nueces, o ricos en carbohidratos, como en el caso de las papas o los cereales. Una excepción es la leche materna.

El investigador Marc Tittgemeyer, coautor del estudio, explicó:

“Probablemente estamos influenciados por la leche materna para responder intensamente a los alimentos ricos en carbohidratos y grasas, y percibimos esto como particularmente gratificante, simplemente porque para el cerebro su consumo es vital”.

A fin de determinar si las personas muestran preferencia por los alimentos de diferentes fuentes calóricas, los investigadores reclutaron 206 participantes adultos y les mostraron fotos de refrigerios que contenían principalmente grasa, principalmente azúcar y una combinación de grasas y carbohidratos. Se les pidió estimar cuántas calorías había en los alimentos y manifestar cuánto pagarían por ellos.

El experimento mostró que los participantes estuvieron dispuestos a pagar más dinero por los alimentos combinados de grasa y carbohidratos, en comparación con los que sólo contenían grasas o carbohidratos.

Mediante la obtención de imágenes cerebrales en tiempo real, el equipo de investigación observó cómo estos alimentos combinados podían iluminar los circuitos neuronales en el centro de recompensa del cerebro.

Para comprender por qué nuestro cerebro funciona de esa manera, los autores del estudio observaron cómo nuestros antepasados ​​comían principalmente fuentes naturales de alimentos y no consumían refrigerios que combinaran grasas y carbohidratos.

Pero hoy en día, nuestros menús modernos ofrecen opciones que van desde pizza hasta donas y otros alimentos procesados. Los investigadores argumentan que debido a que estos alimentos no han existido por mucho tiempo, el cerebro humano puede no haber evolucionado para manejar la reacción que provocan, probablemente bajo la influencia satisfactoria de la leche materna.

Estos hallazgos pueden ayudar a los expertos a comprender cómo el sistema de recompensa contribuye al aumento de peso promoviendo la ingesta excesiva, incluso si la persona no tiene hambre.

Referencia: Supra-Additive Effects of Combining Fat and Carbohydrate on Food Reward. Cell Metabolism, 2018.DOI: 10.1016/j.cmet.2018.05.018

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