Si alguna vez has tratado de limpiar tu armario o garaje, sabes que deshacerse de las cosas no es fácil, incluso si nunca las usas. Carteras, libros, ropa, automóviles, juguetes, joyas, muebles, y muchos otros objetos, representan más que simples herramientas, lujos o simple basura.

Nuestras pertenencias las usamos para señalarnos a nosotros mismos, quienes queremos ser y a dónde queremos pertenecer. Y mucho después de que nos hayamos ido, se convierten en nuestro legado. Algunos incluso podrían decir que nuestra esencia sigue viva en lo que alguna vez poseímos. Esto es lo que nos lleva a estar tan apegados a nuestras posesiones.

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Nuestra relación con las cosas comienza temprano. La idea de que podemos poseer algo, poseerlo como si fuera una parte de nosotros mismos, es algo que los niños captan tan temprano como a la edad de dos años. Ya a los seis años, los niños exhiben lo que los psicólogos llaman “efecto de dotación”, darle un valor extra a un objeto simplemente por el hecho de pertenecerle.

A medida que los niños maduran y se convierten en adolescentes, las posesiones comienzan a actuar como una muleta para la autodefinición. Durante la adolescencia, las posesiones reflejan cada vez más quiénes son las personas, o al menos cómo les gustaría verse a sí mismos.

En la transición de la adolescencia a la edad adulta, es el primer automóvil que suele convertirse en el símbolo máximo de la identidad emergente de una persona. Una investigación muestra que los conductores, de entre 18 y 25 años, eran particularmente propensos a esforzarse por personalizar sus automóviles con pegatinas, matrículas inusuales y fundas de asientos, como si estuvieran marcando su territorio.

A medida que nuestras vidas se desarrollan, nuestras cosas encarnan aún más nuestro sentido de identidad, convirtiéndose en receptáculos externos para nuestras memorias, relaciones y experiencias.

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A medida que nuestras pertenencias se acumulan, se infunden más con nuestras identidades, por lo que su valor, y por ende el apego, aumenta. Las personas cuyas cosas se destruyen, por ejemplo en un desastre natural, en su gran mayoría quedan traumatizadas, casi como afligidas por la pérdida de sus identidades.

Al igual que con las relaciones humanas, los apegos a nuestras cosas se profundizan con el paso del tiempo. Las personas mayores con frecuencia están rodeadas de posesiones que los han seguido a través de los buenos y malos tiempos.

Sin embargo, hay muchas ocasiones en que las personas voluntariamente se deshacen de las cosas. Esto suele suceder en una coyuntura clave, como dejar la vida estudiantil, mudarse o durante un divorcio, y puede experimentarse como una oportunidad para un nuevo comienzo. Las pertenencias antiguas se pierden como un caparazón, fomentando el surgimiento de una nueva identidad.

Después de que una persona muere, muchas de sus posesiones más significativas se convierten en reliquias familiares, y son percibidas por quienes le sobreviven como si contienen la esencia de la persona perdida.

Por supuesto, qué tan apegado estás a tus cosas varía según la cultura en la que creciste, pero la mayoría de las personas experimentan algún grado de conexión con sus cosas.

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Referencias:

Toys are me: children’s extension of self to objects. Cognition, 2015. https://doi.org/10.1016/j.cognition.2014.09.010

Growing up in a Material World: Age Differences in Materialism in Children and Adolescents. Journal of Consumer Research, 2007. https://doi.org/10.1086/518546

To do or to have? That is the question. Journal of Personality and Social Psychology, 2003. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.6.1193

Cognitive aspects of compulsive hoarding. Cognitive Therapy and Research, 2003. https://doi.org/10.1023/A:1025428631552

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