Dicen que nadie se ha muerto por leer un libro, sin embargo, existen libros que pueden matarte con tan solo establecer contacto con sus páginas. No, no se trata del Necronomicón ni de la Biblia Satánica; se trata, nada más y nada menos, de los cuadernos que componen la colección de las investigaciones de Marie Curie.

Marie Curie fue una revolucionaria en el mundo de la ciencia, fue pionera en el estudio de la radiactividad y la primera persona en hacerse acreedora de dos Premios Nobel en distintas especialidades, a saber, la Física y la Química, respectivamente. Además, fue la primera mujer en lograr ser Profesora en la Universidad de París.

La investigadora, logró romper cualquier cantidad de cánones sociales, entregando su vida a la ciencia, junto a su esposo, Pierre Curie, también ganador de un Nobel de Física. En este sentido, la afamada descubridora del Radio y el Polonio, se vio obligada a luchar contra la sociedad machista en la que se desenvolvía para llevar a cabo los trabajos científicos por los cuales la conocemos hoy en día.

Adicional a este gran descubrimiento, Curie desarrolló la teoría de la radiactividad, además de ocho técnicas para aislar isótopos radiactivos; de igual forma, fundó dos institutos dedicados a estudios científicos y creó unidades móviles de radiografía que ayudaron a salvar una innumerable cantidad de vidas durante la Primera Guerra Mundial. Podría decirse entonces, que la científica es la madre del estudio de la radiactividad.

En atención a todo esto, Curie estaba constantemente expuesta a materiales radiactivos sin la protección adecuada, pues se desconocían los graves efectos que la radiación tenía sobre el organismo. Incluso, llevaba en sus bolsillos y guardaba en su escritorio tubos de ensayo con el peligroso material.

Lo que no sabía la científica es que años más tarde moriría por aquello que la llevó a la gloria; Curie, no estaba consciente del daño que se provocaba al exponerse de esta forma a los materiales radiactivos. En 1934 murió de anemia aplásica, una rara enfermedad relacionada a la radiación en la que se destruyen las líneas celulares de la médula ósea, por lo que, la falta de glóbulos rojos que transportaban el oxígeno en su sangre, acabó con su vida.

Al final, fue tanta la radiación que contenía su cuerpo que, para poder ser enterrada en el Panteón de París, donde se entierran en Francia los cuerpos de las figuras ilustres, fue necesario confeccionar un ataúd con paredes de plomo. De hecho, no solo ella fue víctima de la radiación, pues su hija, Irène Joliot-Curie, quien también fue merecedora de un premio Nobel, murió de leucemia a los 58 años, lo que estaba relacionado a su constante manejo de materiales radiactivos.

También, sus posesiones terminaron gravemente contaminadas, entre ellas los cuadernos y libretas en las que llevaba sus anotaciones científicas. En este sentido, el laboratorio en el que se descubrieron las sustancias químicas funcionó hasta el año de 1978, pues fue abandonado.

Para la década de los años 80, un periódico regional francés, llamado “Le Parisien”, empezó a publicar historias en las que se demostraba un significativo aumento de los casos de cáncer en personas que vivían el vecindario en el que se encontraba el laboratorio. Ante esto, en el año de 1991, el gobierno francés se dedicó a limpiar el edificio y retirar permanentemente los instrumentos, libros, cuadernos y demás artefactos contaminados, ya sea para destruirlos o almacenarlos en un lugar seguro.

Así, muchos de los objetos que se encontraban en el laboratorio fueron destruidos, no obstante, muchos otros, considerados como parte importante de la historia de la ciencia y de los estudios que llevó a cabo Curie, revolucionando los campos de la Física y la Química, además de marcar un antes y un después en la vida humana, fueron preservados.

En atención a esto, muchos de los objetos personales de Curie, lo que incluye la ropa, muebles, libros y notas de laboratorio, aún contaminados por la radiación, se encuentran preservados en la Biblioteca Nacional de Francia, específicamente en el sótano, guardados en cajas de plomo que evitan que la radiación contenida afecte a los seres humanos.

Entonces, no cualquier persona puede manipular estos objetos, su uso se reserva exclusivamente a investigadores, que tienen que firmar documentos legales en los que se responsabilizan de manejar los materiales radiactivos, además de estar obligados a utilizar una vestimenta e implementos especiales que les permitan acceder a ellos sin correr mayores riesgos.

De igual forma, la biblioteca permite que los visitantes puedan observar los manuscritos de Curie, pero también están obligados a firmar previamente una renuncia de responsabilidad por parte de la institución, además de usar equipos de protección, puesto que los materiales, incluso después de de más de 100 años, están contaminados con el radio 226, el cual tiene una vida media de 1.600 años.

En conclusión, habrá que esperar aproximadamente 1.500 años más para que estos artículos se depuren de al menos la mitad de sus niveles de radiactividad. En otras palabras, muchos años han transcurrido desde que la familia Curie utilizase por última vez estos libros, sin embargo, su peligrosidad no ha disminuido.

Las antigüedades y reliquias de épocas pasadas se suelen resguardar para evitar el daño que le pudiesen causar los usuarios al manipularlos, sin embargo, en este caso, es al revés, los libros de Curie están guardados para proteger a los lectores. Por lo tanto, a pesar de que se correspondan con un patrimonio para la humanidad de un valor incalculable, los humanos estamos peligrosamente expuestos al riesgo de contraer cáncer o cualquier otra enfermedad extraña si los manipulásemos.