El debate de la lucha por la igualdad de género está en un punto álgido; quienes forman parte de este movimiento social se han encargado de hacer visible un fenómeno que nos afecta a todos en igual proporción: la supuesta superioridad del hombre por encima de la mujer, lo que se traduce en discriminación, desigualdad en cuanto a deberes y derechos y hasta casos cruentos de violencia basada en género.

Solo basta con analizar algunas cifras para darnos cuenta de que los hombres gozan de mayores privilegios que las mujeres; por ejemplo, de acuerdo a una revisión hecha por la revista “New Scientist”, la mayoría de las posiciones de poder, en distintos niveles, tales como el político, el social y el económico, entre otros, están ocupadas por hombres, representados por un 82% de los cargos ministeriales, en contraposición a un 18% de los mismos cargos ocupados por mujeres.

En cuanto al reconocimiento que se les hace a las personas a nivel mundial, ya sea por sus contribuciones a la ciencia, la economía o la literatura, se ha observado que en el período comprendido entre el año de 1901 y el 2017, 874 hombres se han hecho acreedores del Premio Nobel, en comparación con las 49 mujeres que han ganado este galardón. En la misma línea, desde el año de 1927 al 2017, tan solo 8 mujeres han sido nombradas como Persona del Año por la revista “Times”, mientras que 76 hombres han obtenido este título.

También, se ha demostrado que, a modo de ilustración, de cada 100 Directores Ejecutivos en grandes empresas del Reino Unido, 94 son hombres y sólo 6 son mujeres; además, en una buena parte del mundo, la brecha salarial entre hombres y mujeres puede llegar al 50%. Es notable entonces, que existe una superioridad en la posición de los hombres respecto a las mujeres, tanto a lo largo de la historia como en la sociedad actual, ante lo que vale preguntarse respecto a los orígenes de este fenómeno.

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El sexismo desde la perspectiva biológica

Las diferencias biológicas y anatómicas entre hombres y mujeres son claras, por lo que, a partir de estas, se ha tratado de explicar la dominación de un género sobre otro. Al respecto, el Historiador de origen Israelí Yuval Noah Harari plantea que la predominancia del patriarcado como norma en casi la mayoría de las sociedades a lo largo de la historia, se ha tratado de explicar en función de tres elementos: la potencia muscular, la propensión a la violencia y la genética; analizaremos cada una de ellas a continuación junto a las críticas que se han desarrollado sobre ello.

Sobre la potencia muscular, se propone que los hombres someten a las mujeres pues tienen una mayor fuerza física, lo que les permite ocuparse de trabajos más duros, conllevando al control sobre los medios de producción y la vida en general; no obstante, si bien, como norma, la mayoría de las veces los hombres tienen mayor fuerza física que las mujeres, suelen haber excepciones, además, hemos visto a lo largo de la historia que el poder social no depende, en su gran mayoría, de la potencia muscular, pues ni los grandes reyes, generales o sacerdotes se han ganado su posición de poder en atención a su musculatura.

En segundo lugar, se plantea que la clave no es la fuerza, sino la propensión a la violencia o a la agresividad, lo que, según algunos expertos, está relacionado a la testosterona; esta hormona, segregada en mayor medida por los órganos reproductores masculinos, se relaciona con las respuestas agresivas, pues tiene una importante función de activación de zonas del hipotálamo y de la sustancia gris central, encargadas de funciones básicas de supervivencia ante amenazas tales como el comportamiento agresivo o el mecanismo de huida.

Sobre esto, se realizó un estudio coordinado por el Psicólogo de la Universidad de Nipissing Justin M. Carré, en el que se encontró una mayor activación de estas zonas ante posibles amenazas en hombres con niveles elevados de testosterona, en comparación  con aquellos que tenían niveles inferiores, sobre lo que se dedujo que es posible entender esta propensión masculina a reaccionar de forma agresiva en función de dicha hormona

Sin embargo, hay investigaciones que contradicen estos hallazgos. Por ejemplo, De acuerdo a un estudio de la Universidad de Zurich, la testosterona se relaciona con los comportamientos violentos por los prejuicios relacionados a sus efectos más que a la actividad biológica propiamente dicha.

Para demostrar esto dividieron a 120 sujetos en dos grupos, a uno de ellos se les suministró testosterona mientras que al otro un placebo, y, posteriormente, se les involucró en una tarea en la que debían negociar con dinero; a partir de esto observaron que aquellos que habían recibido la hormona fueron más equilibrados, menos conflictivos y capaces de demostrar mejores habilidades sociales, en contraposición al otro grupo, quienes pensaban que se les había inyectado testosterona, pues mostraron mas comportamientos conflictivos y agresivos a pesar de haber recibido, a ciencia cierta, un placebo.

A partir de esto, El Profesor Ernst Fehr concluye que no es la testosterona la que induce la agresividad sino la creencia y las connotaciones negativas y antisociales que rodean a la hormona, las que influyen sobre los comportamientos violentos; de hecho, de acuerdo a los investigadores: “el efecto es más bien el contrario: la testosterona incrementa la capacidad de discernir con equidad y con justicia”.

Además se plantea que, ganar guerras y obtener poder sobre los grupos sociales, va más allá de las conductas agresivas, pues los conflictos bélicos suelen ser ganados por buenos estrategas, personas capaces de establecer alianzas y obtener apoyos, en lugar de los más brutos. Se trata de tener capacidad de negociación, para lo que las mujeres están adecuadamente preparadas.

Finalmente, se atribuye este dominio de género a la genética, sobre lo que se explica que a lo largo de la evolución, los hombres y las mujeres han desarrollado distintas estrategias para sobrevivir, siendo aquellos quienes mostraban mejores competencias los que lograban reproducirse y transmitir su composición genética a su descendencia.

Es decir que, en el pasado, los mejores cazadores, los más violentos, por selección natural eran aquellos que tenían mayores probabilidades sobrevivir y de reproducirse, puesto que se consideraban los más aptos, por lo que esta propensión a la violencia fue transmitiéndose por medio de los genes de generación en generación hasta formar parte importante de la composición genética del hombre. Mientras tanto, la mujer, dedicada a la recolección y labores menos violentas, fue adoptando un rol más dependiente, relacionado al cuidado de la descendencia y del hogar.

En síntesis, aquellos hombres con mayor ambición y competitividad eran los que se reproducían, lo que fue convirtiendo a las mujeres en seres dependientes, propiciando el rol de cuidadoras sumisas.

Adicionalmente, sobre el fenómeno del patriarcado no se tienen registros en todas las etapas de la historia de la humanidad, sino que empieza a observarse en el ser humano en la época del neolítico, como se plantea a continuación, por lo que parece difícil atribuirle el factor causal del sexismo a causas netamente biológicas.

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El sexismo desde la perspectiva socio-económica

De acuerdo al Antropólogo Joan Manuel Cabezas López, la tesis de la predominancia biológica sobre la dominación del hombre sobre la mujer no puede tomarse como verdadera; aun mas, expresa: “No considero plausible, ni tan siquiera como una simple conjetura, que la biología o la genética expliquen ninguna conducta humana”.

Una de las principales defensoras de la perspectiva socio-económica para explicar este fenómeno es Gerda Lerner, quien, en su tesis doctoral “La creación del patriarcado” (1986), propone que el fenómeno es una creación cultural, en lugar de un comportamiento universal propio de la humanidad. Así, se expone que en el Paleolítico, las personas compartían sus modos de vida de forma comunal, sin que existiese predominancia de un género sobre otro.

Entonces, es en la era Neolítica, cuando a partir de la compleja interacción entre factores demográficos, ecológicos, culturales e históricos, el ser humano pasó de ser nómada para adoptar un estilo de vida sedentario. En este sentido, los pueblos se establecieron en lugares específicos, los humanos aprendieron a domesticar a los animales y se desarrolló la propiedad privada.

De esta forma, estos primeros hombres ganaderos fueron los primeros en tener la noción de la propiedad privada, a partir de lo que se impulsó el denominado “intercambio de mujeres” entre tribus, por varias razones: ya sea para evitar guerras mediante la consolidación de alianzas matrimoniales o porque las sociedades con más mujeres implicaban el nacimiento de más niños, dispuestos al trabajo.

En este sentido, en palabras del Antropólogo Claude Lévi-Strauss, se inicia una forma de comercio en el que las mujeres son consideradas como mercancía o moneda de intercambio, por lo que empiezan a ser enseñadas desde pequeñas a consentir y aceptar de forma sumisa las prácticas patriarcales.

Así, por cuatro mil años, el género femenino desarrolló su vida y actuó bajo la sombra de un patriarcado paternalista; es decir, el grupo dominante, los hombres, cambia sumisión por protección, sin que las responsabilidades y las obligaciones se distribuyan de forma igualitaria entre las partes: los hijos están subordinados al padre de forma temporal, hasta que pasan a ser cabezas de familia, mientras que la subordinación de las hijas y de la esposa es para toda la vida, las hijas solo escaparan de ello al convertirse en esposas dominadas/protegidas por otro hombre. Se trata entonces de un contrato de intercambio de sumisión por soporte económico.

En palabras de la Antropóloga Elena Hernández Corrochano (2015), “Como sistema de subordinación que es, el patriarcado tiene que ver con la organización social de la sexualidad y de la reproducción, y no con supuestos biológicos y naturalistas que nos podrían llevar a entender que la subordinación de las mujeres es algo inevitable”. En conclusión, desde esta perspectiva se defiende la idea que el sometimiento de las mujeres es un constructo social producto de la organización de las sociedades tras el paso de la vida nómada a la sedentaria.

Viendo esto, podemos cuestionarnos sobre cómo es posible que en pleno siglo XXI, después de miles de años e innumerables procesos históricos, aún se mantengan estas prácticas, ya sea de forma totalmente explícita o a partir de convenciones sociales que pueden pasar por desapercibidas, lo cual puede entenderse a partir del proceso de socialización.

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El sexismo en la actualidad: el proceso de socialización

El ser humano es un ente biopsicosocial, lo que implica que las funciones y las conductas que se consideran apropiadas para cada sexo se pueden expresar en función de los valores, las costumbres, las leyes y los papeles sociales que se le atribuyen a cada sexo. Esto quiere decir, que las personas no estamos únicamente determinados por nuestra biología, sino que construimos y somos construidos a partir de los procesos sociales a los que estamos expuestos.

Esta tesis es propuesta por los sociólogos alemanes Peter L. Berger y Thomas Luckmann en 1966 a partir de un ensayo denominado “La construcción social de la realidad”, una de las obras teóricas consideradas como de las más importantes e influyentes de la Sociología contemporánea.

A grandes rasgos, de sus planteamientos se desprende que los seres humanos construimos nuestra realidad a partir de un proceso de socialización en los que internalizamos los valores, las tradiciones y los roles que se supone que se espera de nosotros. En otras palabras, aprendemos a ser hombres y mujeres a partir de un proceso de socialización en el que se nos enseña cuál es nuestro papel dentro del grupo social al que pertenecemos y cuáles son las conductas esperadas de acuerdo a nuestras características.

Y, por más curioso que parezca, seguimos repitiendo patrones de hace miles de años a partir de costumbres sobre las cuales no hacemos un análisis crítico, manteniéndolas de generación en generación sin darnos cuenta de la influencia que tienen sobre nuestro comportamiento.

Existe una anécdota jocosa que ilustra este punto: en una oportunidad, un hombre le preguntó a su esposa, mientras cocinaba, las razones por las cuales cortaba la carne, horneaba primero una mitad y luego horneaba la otra, teniendo la posibilidad de hacerlo en un solo trámite, ante lo que ella contestó “no lo sé, así lo hacía mi madre”; al hacerle la misma pregunta a su suegra, obtuvo una respuesta similar: “lo aprendí de mi madre”.

Movido por la curiosidad, el hombre en cuestión fue directamente a la fuente, preguntándole a la abuela los motivos para adoptar este método de cocción, sobre lo que la abuela explicó que en aquella época, los hornos no eran lo suficientemente grandes como para cocinar un trozo de carne de ese tamaño.

Volviendo al tema, vemos cómo se mantiene tras el proceso de socialización ese patriarcado paternalista, cuyo origen se remonta a la era Neolítica, a partir del cual las mujeres deben ser sumisas y cuidar del hogar, mientras el hombre es el protector, quien provee el hogar. Entonces, es el niño el que juega a ser doctor, ingeniero o astronauta, mientras las niñas juegan a ser madres, maestras o dulces princesas a la espera de ser rescatadas por un valiente príncipe, pues esa es la costumbre.

Esto puede parecer inocente, pero todos estos elementos derivados del proceso de socialización se traducen en hombres encasillados en la figura del proveedor y protector del hogar, que ocupa una posición de superioridad en la sociedad, mientras que la mujer es quien debe subordinarse a su poder, manteniendo una posición sumisa, siendo receptora de su protección y atenta a la satisfacción de sus necesidades.

La buena noticia es que esto puede y debe cambiar, en la sociedad actual es posible abogar por un clima de igualdad. Así como la realidad social nos construye, somos capaces también de reconstruir y cambiar la realidad, pues se trata de un proceso de recíproca influencia.

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