Si bien resulta difícil de imaginar un sonido que se origine en la ciudad de Dublín en Irlanda y que pueda ser escuchado claramente en por los residentes de la ciudad de Nueva York, hace más de 130 años ocurrió un evento geológico que produjo un estruendo tan fuerte que pudo ser escuchado a 5.000 kilómetros de distancia.

El 27 de agosto de 1883, a las 10:02 a.m. (hora local) entró en erupción un volcán en la isla de Krakatoa, entre Java y Sumatra en Indonesia. El sonido producido por la erupción volcánica fue tan fuerte que se rompió los tímpanos de las personas ubicadas a más de 60 kilómetros de distancia del evento.

El sonido de la explosión viajó alrededor del mundo cuatro veces, y se escuchó claramente a 5.000 kilómetros de distancia. Esto es aclamado como el ruido más fuerte jamás registrado.

La explosión volcánica fue tan fuerte que destruyó la isla, emitió una nube de humo que se alzó hasta 30 kilómetros en la atmósfera y creó un tsunami mortal con olas de más de 30 metros de altura.

Ciento sesenta y cinco aldeas y asentamientos costeros fueron arrasados ​​y completamente destruidos. En total, las autoridades holandesas, gobernantes coloniales de Indonesia en ese momento, calcularon el número de muertos en 36.417, pero existen otras estimaciones superan los 120.000 bajas.

Los sonidos son causados ​​por las fluctuaciones en la presión del aire. Un barómetro ubicado en Batavia (actualmente Yakarta), a 160 kilómetros de Krakatoa, registró una presión de sonido de más de 172 decibelios.

Para ponerlo en contexto, si estuvieras operando un martillo neumático estarías sujeto a alrededor de 100 decibelios. El umbral humano para el dolor está cerca de los 130 decibelios, y si tienes la desgracia de estar parado junto a un motor a reacción, experimentará un sonido de 150 decibelios, con consecuencias devastadoras. La explosión de Krakatoa registró 172 decibelios a 160 kilómetros de la fuente, un sonido asombrosamente ruidoso.

Al tararear una canción o simplemente decir una palabra, se mueven moléculas de aire hacia adelante y hacia atrás docenas o cientos de veces por segundo, lo que hace que la presión del aire sea baja en algunos lugares y alta en otros lugares. Mientras más fuerte sea el sonido, más intensos serán estos movimientos, y mayores serán las fluctuaciones en la presión del aire.

Pero hay un límite de qué tan fuerte puede sonar un sonido. En algún punto, las fluctuaciones en la presión del aire son tan grandes que las regiones de baja presión alcanzan una presión cero, un vacío, y no se puede obtener más bajo que eso. Este límite es de aproximadamente 194 decibelios para un sonido en la atmósfera de la Tierra. Al superar ese umbral el sonido ya no se desplaza por el aire, sino que empuja el aire junto con él, creando una ráfaga presurizada de aire en movimiento conocida como onda de choque.

En 1883, las estaciones meteorológicas en decenas de ciudades de todo el mundo utilizaban barómetros para rastrear los cambios en la presión atmosférica. Seis horas y 47 minutos después de la explosión de Krakatoa, se detectó un pico de presión de aire en Calcuta. A las 8 horas, el pulso llegó a Mauricio en el oeste y a Melbourne y Sídney en el este. A las 12 horas, San Petersburgo notó el pulso, seguido de Viena, Roma, París, Berlín y Múnich. A las 18 horas, el pulso fue registrado en Nueva York, Washington DC y Toronto.

Sorprendentemente, hasta 5 días después de la explosión, las estaciones meteorológicas en 50 ciudades de todo el mundo observaron este aumento sin precedentes de la presión que se repetía como un reloj, aproximadamente cada 34 horas. Eso es más o menos cuánto tarda el sonido en viajar por todo el planeta.

Referencia: The Eruption of Krakatoa and Subsequent Phenomena. Quartely Journal of the Royal Meteorological Society, 1888. https://doi.org/10.1002/qj.4970146809

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