Vacunas

Las vacunas se usan para estimular el sistema inmunológico y prevenir enfermedades graves y potencialmente mortales; básicamente, “enseñan” al cuerpo a defenderse cuando los agentes patógenos lo invaden. Su funcionamiento se basa en la exposición segura del virus o bacteria vivo, pero atenuado o muerto; esto permite que el sistema inmunitario aprenda a reconocer y a atacar la infección en el futuro. Como resultado, no habrá enfermedad, o puede tener una infección más leve.

Entre los tipos de vacunas que están actualmente disponibles se encuentran: las vacunas vivas, que usan la forma atenuada del virus. Las vacunas inactivadas (muertas), que están hechas de una proteína u otras piezas pequeñas tomadas de un virus o bacteria. Las vacunas de toxoides, que contienen una toxina o un químico fabricado por la bacteria o el virus; y las vacunas biosintéticas, que contienen sustancias artificiales que son muy similares a las partes del virus o bacteria.

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Los microbios vivos atenuados representan la primera generación de vacunas y han contribuido a la extinción o la reducción sustancial de enfermedades mortales como la viruela o la rabia. El éxito sin precedentes de las vacunas vivas se basa en el empirismo, sin embargo, sus mecanismos de acción exactos, su superioridad observada con frecuencia sobre las preparaciones de vacunas inactivadas y su excepcional capacidad de inducir inmunidad protectora, frecuentemente de por vida, siguen siendo en gran parte inexplicables.

En este contexto, un equipo de investigadores dirigidos por el profesor Leif Erik Sander del Departamento de Enfermedades Infecciosas y Medicina Pulmonar de Charité, Hospital Universitario de Berlín, se propuso dilucidar los mecanismos subyacentes de este fenómeno.

El sistema inmune está encargado de detectar invasores microbianos, que son ingeridos por células inmunes especializadas y descompuestos dentro de orgánulos especializados.

A diferencia de las vacunas inactivadas (muertas), las vacunas vivas contienen microbios metabólicamente activos, que producen una amplia gama de moléculas diferentes. El ácido ribonucleico (ARN) es una de las moléculas producidas por los microorganismos vivos, que esencialmente los marca como viables.

Durante el proceso de digestión celular, el ARN de un patógeno o una vacuna viva, se une a un tipo específico de receptor inmune conocido como receptor Toll-like 8 (TLR8). La unión de ARN a TLR8 desencadena una reacción en cadena inmunológica que eventualmente culmina en una robusta respuesta de anticuerpos.

En su estudio, los investigadores compararon las respuestas inmunes montadas contra bacterias vivas y muertas, utilizando sistemas de cultivo celular con células inmunes humanas.

Los investigadores encontraron que las bacterias vivas provocaron respuestas inmunes ligeramente alteradas dentro del sistema inmune innato. Si bien los cambios fueron moderados, tuvieron fuertes efectos positivos sobre la respuesta inmune adquirida.

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Estos nuevos hallazgos permitirán a los investigadores utilizar adyuvantes de vacunas específicas para activar las células foliculares auxiliares y, por lo tanto, las respuestas de anticuerpos.

En referencia a las potenciales derivaciones de la investigación, el profesor Sander expresó: “Los resultados podrían permitirnos desarrollar nuevas vacunas que combinen la seguridad de las modernas vacunas muertas con la alta eficacia de las vacunas vivas”.

Referencia: Recognition of microbial viability via TLR8 drives TFH cell differentiation and vaccine responses. Nature Immunology, 2018. doi:10.1038/s41590-018-0068-4

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