Históricamente, los médicos y científicos han propuesto una variedad de hipótesis para explicar por qué los niños con trastornos del espectro autista (TEA) tienden a ser menos comunicativos socialmente que sus pares de desarrollo típico (DT).

Una teoría popular, la hipótesis de la motivación social, sugiere que los niños con TEA no están intrínsecamente motivados para interactuar con otras personas porque no son “recompensados” neurológicamente por las interacciones sociales de la misma manera que los niños con desarrollo típico.

Una segunda teoría, la sobrerrespuesta sensorial, también conocida como la hipótesis del mundo excesivamente intenso, postula que debido a que los niños con TEA interpretan las señales sensoriales más intensamente que sus pares de desarrollo típico, tienden a evitar las interacciones que perciben como abrumadoras o aversivas.

Pero una investigación realizada por Katherine Stavropoulos, profesora de educación especial en la Universidad de California en Riverside y su colega Leslie Carver, de la Universidad de San Diego, propone la posibilidad de que estas teorías aparentemente en competencia, coexistan en conjunto.

Las investigadoras utilizaron electrofisiología para estudiar la actividad neuronal de 43 niños con edades comprendidas entre de 7 y 10 años, de los cuales 23 mostraban un desarrollo típico y 20 mostraban trastornos del espectro autista.

Utilizando una especie de gorra equipada con 33 electrodos, cada niño se sentó frente a una pantalla de computadora que mostraba pares de cajas con signos de interrogación. Al igual que el formato del juego de adivinanzas “elige una mano”, el niño eligió la caja que él o ella pensó que era la correcta.

Las autoras del estudio señalaron que resultó crucial diseñar una simulación que permitiera observar y analizar las reacciones neuronales de los niños a las recompensas sociales y no sociales durante dos etapas: la anticipación de la recompensa, el período antes de que el niño supiera si escogió la respuesta correcta, y el procesamiento de recompensa, el período inmediatamente posterior.

Cada participante jugó el juego en dos bloques. Los niños que eligieron la caja correcta vieron una cara sonriente y los niños que eligieron la caja incorrecta vieron una cara triste y fruncida. Posteriormente, las caras se revolvieron y reformaron en forma de flechas apuntando hacia arriba para denotar las respuestas correctas y hacia abajo para denotar las incorrectas.

Después de que los niños vieron si tenían razón o no, las investigadoras observaron la actividad relacionada con la recompensa después del estímulo, encontrando que los niños de DT anticiparon premios sociales con más fuerza que los niños con TEA.

Durante el proceso de recompensa, observaron más actividad cerebral relacionada con la recompensa en niños con DT pero más actividad cerebral relacionada con la atención entre los niños con TEA. Entre el grupo de autismo, los niños con TEA más severo también mostraron una mayor capacidad de respuesta a la retroalimentación social positiva.

Los resultados brindan apoyo tanto para la hipótesis de motivación social como para la hipótesis del mundo excesivamente intenso.

Esta investigación justifica el desarrollo de intervenciones clínicas que ayuden a los niños con autismo a comprender mejor el valor de la recompensa de otras personas, a fin de enseñarles lentamente que interactuar con los demás puede ser gratificante, pero es fundamental hacerlo sin abrumarlos ni hacerles sentir una sobrecarga sensorial.

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