El año 1816 es recordado como el año con el verano más frío de los últimos tiempos. Este anecdótico clima se derivó de un evento ocurrido el 10 de abril de 1815, cuando el Monte Tambora de la isla indonesia de Sumbawa, desplegó una de las mayores erupciones volcánicas del milenio, provocando los cambios climatológicos vistos en los meses posteriores.

Fundamentándose en ese episodio, un grupo de investigadores de Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR, por sus siglas en inglés), estudiaron el potencial impacto que podrían tener en la Tierra las erupciones volcánicas en el futuro. Los científicos han advertido que nuestros océanos ya no serán capaces de amortiguar los efectos que tendría en nuestra atmósfera, un evento como el ocurrido en 1815, tal como lo hicieron en el pasado.

Los investigadores comenzaron estudiando los efectos de la erupción de Monte Tambora, la cual se estima expulsó más de 60 millones de toneladas de dióxido de azufre a la estratosfera, donde se convirtió en partículas de sulfato llamadas aerosoles y de desplegaron a nivel global. Esta delgada capa de partículas reflejaba la luz del Sol, lo que enfrió el planeta y posteriormente causó que se formara más nieve y hielo en áreas más extensas de la superficie terrestre, particularmente en Europa.

Esto causó que las temperaturas del verano de 1816, cayeran en picada, lo que a su vez se relacionó con la pérdida generalizada de cosechas, enfermedades y la muerte de más de 100.000 personas.

Posteriormente, los investigadores proyectaron los datos históricos y simularon una erupción como la del Monte Tambora, pero en el año 2085, suponiendo que las emisiones de gases de efecto invernadero continúen aumentando al ritmo que lo hacen ahora.

Las simulaciones revelan que de ocurrir una erupción volcánica de características similares a la del Monte Tambora, las temperaturas globales caerían aún más profundamente que en 1815. Sin embargo, en vez de aumentar la cantidad de superficie cubierta por nieve y hielo, la cobertura seguiría siendo aproximadamente la misma.

Relativamente esto es una buena noticia; pero en el modelo futuro, los océanos estarían más estratificados, lo que afectaría sustancialmente su capacidad de moderar el enfriamiento.

Estas temperaturas más frías en la superficie del mar también disminuirían la cantidad de agua que se evapora en la atmósfera y, por lo tanto, reducirían la lluvia y la precipitación promedio mundial, lo que podría causar estragos a nivel general.

El investigador Otto-Bliesner, de la División de Clima y Dinámica Global del NCAR, expresa: “La respuesta observada a la erupción de 1815 nos ofrece una perspectiva de posibles escenarios para el futuro, sin embargo, nuestro sistema climático puede responder de manera muy diferente.”

Los autores del estudio presentan sus hallazgos como una palabra de advertencia y advierten que los efectos exactos y la magnitud de la refrigeración son difíciles de cuantificar, ya que no se tienen datos concretos de cómo responderá el clima entre ahora y el momento de una hipotética gran erupción, ni cuáles serían los efectos ante los cambios y políticas ambientales que impulsan los gobiernos.