Seguramente has notado que sientes más ganas de orinar cuando te encuentras en habitaciones o climas fríos; esto es un fenómeno normal que se conoce como diuresis fría.

Nuestro cuerpo cuenta con un buen número de métodos de auto-preservación, y estar expuesto al frío estimula algunos procesos para mantenernos a salvo. Con el fin de mantener nuestra temperatura corporal, experimentamos algo llamado “vasoconstricción”.

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Básicamente, cuando la sangre circula por nuestras venas cerca de nuestra piel, el frío externo hace que la sangre se enfríe, que luego circula a través de nuestro cuerpo, bajando nuestra temperatura corporal.

Para evitar esto, el cuerpo reserva tanta sangre como pueda en la parte central, donde puede permanecer caliente. Los vasos sanguíneos y capilares en nuestras extremidades, como los dedos de las manos, los pies, los oídos y la nariz, se contraerán, disminuyendo el flujo de sangre hacia esas áreas.

Cuando el cuerpo contrae los vasos sanguíneos, la sangre tiene menos espacio disponible que ocupar, pero sigue siendo la misma cantidad; lógicamente, esto hace que la presión arterial aumente.

Es en ese momento que la diuresis fría entra en juego. Dado que el cuerpo prefiere mantenerse caliente sin aumentar la presión arterial, tratará de aliviar esa presión de una manera habilidosa. En nuestra sangre hay una pequeña cantidad de agua, la cual el  cuerpo esencialmente exprime a fin de reequilibrar la presión.

Hay una hormona particular, llamada la hormona anti-diurética, que disminuirá a medida que sube la presión arterial. Esta hormona le indica a los riñones que filtre parte del agua contenida en la sangre y que la almacene en la vejiga. Esta orina, que se distingue por ser más diluida en la vejiga, como es de esperar, nos hace sentir esa necesidad de orinar cuando nos encontramos expuestos al frio.

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Lo contrario sucede en verano. Todo este proceso se invierte cuando estamos expuestos a altas temperaturas, y se conoce como “vasodilatación”. El cuerpo intenta enfriarse disipando calor a través de la piel, en un proceso con el que estamos muy familiarizados: la sudoración.

A medida que la temperatura externa aumenta, los vasos sanguíneos se dilatan, de modo que aumenta el flujo sanguíneo. A medida que la sangre entra en contacto con la superficie de la piel, el exceso de agua de la sangre se evapora, enfriando la piel.

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