Uno de los avances más importantes en el campo de la medicina ha sido sin lugar a dudas la utilización de vacunas para prevenir enfermedades. Desde que el Británico Edward Jenner bautizara la era de la inoculación en 1796, las vacunas han sido elementos indispensables en el control de enfermedades. Gobiernos, particulares, y la población en general se ha beneficiado con la utilización de los esquemas de vacunación. Sin embargo, existe un sector de la población que considera a las vacunas como un peligro y resaltan más los riesgos -algunos de ellos ya negados- que los beneficios. Este sector es conocido como el movimiento antivacunas.

El origen del movimiento antivacuna

Este grupo de personas -generalmente padres de familia- tiene su origen en 1998 tras la publicación del fatídico articulo del ex-cirujano e investigador británico Andrew Wakefield, quien hacía énfasis en la asociación de la vacuna MMR/SRP (sarampión, rubeola y parotiditis) y la aparición de Autismo en los niños. El gremio médico no recibió muy bien el estudio, pues la muestra apenas era de doce niños. Por otro lado la población Británica, y así mismo Norteamericana acogió el estudio como una respuesta al origen del autismo. Celebridades de la talla de Oprah Winfrey, Jim Carrey y Jenny McArthy se sumaron a la lista de los que en su momento hacían eco de los supuestos “riesgos de las vacunas”.

Sin embargo la historia dio un giro radical cuando la comunidad médica realizó estudios con muestras de mayor tamaño y se logró corroborar que la investigación del doctor Wakefield carecía de credibilidad, tan así que lo titularon de fraudulento. Los coautores de la publicación retiraron sus firmas en el 2004, y en ese mismo año la gaceta médica The Lancet (donde fue difundido el estudio inicialmente) retiró el estudio y publicó una nota rectificando. De este modo, se concluye que no existe asociación entre las vacunas MMR/SRP y el desarrollo del autismo.

A pesar de las evidencias, los grupos antivacunas ya habían sido formados, y por algo más de 6 años en los que se creía la autenticidad del estudio del doctor Wakefield, alimentaron e implantaron el temor en la sociedad. Desde entonces el grupo parece ir ganando adeptos, aunque se desconoce de cifras concretas. Una publicación reciente de la Asociaciones Americana de Pediatría arroja unos datos que hay que interpretarlos con mucha cautela pues hacen referencia a la negación de los padres en la aplicación de vacunas a sus hijos.

Percepción de los padres sobre las vacunas

La publicación de la AAP cita una mega encuesta realizada en conjunto entre padres de familia y Pediatras que ejercen en Estados Unidos. Los resultados revelan que en 2013 un 87% de los Pediatras experimentaron un rechazo de los padres en cuanto a la aplicación de vacunas a sus hijos, cifra que en el 2006 era de un 74.5%. “Los padres creen que las vacunas son innecesarias”, argumentan los pediatras encuestados. Esta negativa está además ligada a los efectos secundarios de las vacunas y la preocupación de una sobrecarga en el sistema inmunológico de los niños. Ambas razones parecen fundamentadas en las bases de los movimientos antivacunas, no obstante es la desinformación el verdadero culpable.

Cuando los errores se traducen en firmeza: el curioso origen de la “pastillita azul”, la Viagra

Cada vacuna tiene efectos propios ligados al componente que es administrado, y cada persona reacciona de manera distinta. No es certeza que un paciente exhiba todos los efectos secundarios, que en su mayoría son nada comparados con los beneficios que ofrece un adecuado esquema de vacunación. Los beneficios no son solo para la persona que recibe una inmunización, sino para la sociedad en la que está person convive, pues la mayoría de las enfermedades que se previenen con vacunas son altamente contagiosas. Es esta información la que puede ayudar al paciente a tomar una decisión.

La solución es la educación

Los pediatras encuestados en la publicación de la AAP, comentan que luego del rechazo inicial al esquema de vacunación, un 34.4% de los padres accedieron posterior a una charla educativa. Esto resalta la importancia de la educación que el personal de salud brinda a los pacientes. Un estudio en el 2011 reveló que la decisión de los encuestados en cuanto a vacunación, fue influenciada positivamente por el médico o enfermera que estaba atendiendolos.

Así pues, considero que lo esfuerzos en frenar los movimientos antivacunas no deben ser la única medida, hay que invertir también en la educación de la población. Concientizar sobre estos temas debe ser la prioridad de todos los Gobiernos, y de parte del personal de salud mejorar la calidad de la educación que se brinda a los pacientes. No basta con decirles que la vacunas son ‘algo necesario’, y que sus hijos se pueden enfermar de rechazarlas, hace falta educar. Y para ello hay que empezar por los médicos, quienes a pesar de tener el conocimiento y las bases científicas carecemos muchas veces de estrategias para comunicar de forma adecuada la importancia de estas prácticas de prevención en salud.